Grace and peace be with you in the name of our Lord Jesus Christ.
In recent months, our nation has witnessed renewed tension surrounding immigration enforcement. Many of our immigrant brothers and sisters—some of whom worship beside us each Sunday, whose children learn in our schools, and whose hands labor quietly to sustain our communities—are living with profound fear and uncertainty. As their shepherd, I cannot remain silent when members of our human family suffer.
The Church has long taught that every person, regardless of nationality or legal status, possesses an inherent dignity given by God. Scripture reminds us that we, too, are called to welcome the stranger, protect the vulnerable, and uphold justice rooted in mercy. These values are not abstract ideals; they are concrete demands of discipleship.
For this reason, I urge all people of goodwill to stand in solidarity with immigrant families who contribute so much to the life of our parishes and communities. Many are fleeing violence, poverty or instability. Many are parents seeking safety for their children. Many are already woven into the fabric of our parishes and neighborhoods. Their hopes are not foreign to us but rather mirror the hopes of every family striving for a better life.
I encourage policymakers to pursue responsible, comprehensive immigration reform that is orderly, just and compassionate, provides clarity rather than chaos and reflects the values we profess as a nation.
To the faithful of the diocese, I ask you to pray fervently for all migrants and refugees, for those entrusted with public office and for our communities as we navigate these challenges. I also invite you to accompany immigrant families with concrete acts of support such as offering friendship, advocating for humane policies and ensuring that our parishes remain places of welcome.
May the Holy Spirit guide us toward a society where justice and mercy meet, and where every person is treated as a beloved child of God.
Sincerely in Christ, Most Rev. John E. Keehner Bishop, Diocese of Sioux City
La gracia y la paz estén con ustedes en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
En los últimos meses, nuestra nación ha sido testigo de una tensión renovada en torno a la aplicación de las leyes de inmigración. Muchos de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes – algunos de los cuales rezan junto a nosotros cada domingo, cuyos hijos estudian en nuestras escuelas y sus manos trabajan silenciosamente para sostener nuestras comunidades – viven con un profundo temor e incertidumbre. Como su pastor, no puedo permanecer en silencio cuando miembros de nuestra familia humana sufren.
La Iglesia ha enseñado durante mucho tiempo que toda persona, independientemente de su nacionalidad o situación legal, posee una dignidad inherente otorgada por Dios. Las Escrituras nos recuerdan que también nosotros estamos llamados a acoger al extranjero, proteger a los vulnerables y defender la justicia basada en la misericordia. Estos valores no son ideales abstractos, sino exigencias concretas del discipulado.
Por esta razón, exhorto a todas las personas de buena voluntad a solidarizarse con las familias inmigrantes que tanto contribuyen a la vida de nuestras parroquias y comunidades. Muchos huyen de la violencia, la pobreza o la inestabilidad. Muchos son padres que buscan seguridad para sus hijos. Muchos ya forman parte del tejido de nuestras parroquias y vecindarios. Sus esperanzas no nos son ajenas, sino que reflejan las esperanzas de todas las familias que luchan por una vida mejor.
Animo a los responsables políticos a que lleven a cabo una reforma migratoria responsable y exhaustiva que sea ordenada, justa y compasiva, que aporte claridad en lugar de caos y que refleje los valores que profesamos como nación.
A los fieles de la diócesis, les pido que recen fervientemente por todos los migrantes y refugiados, por aquellos a quienes se les ha confiado un cargo público y por nuestras comunidades mientras afrontamos estos retos. También les invito a acompañar a las familias inmigrantes con actos concretos de apoyo, como ofrecerles amistad, abogar por políticas humanitarias y garantizar que nuestras parroquias sigan siendo lugares de acogida. Que el Espíritu Santo nos guíe hacia una sociedad donde la justicia y la misericordia se encuentren, y donde cada persona sea tratada como un hijo amado de Dios. Sinceramente en Cristo, Reverendísimo Sr. John E. Keehner Obispo, Diócesis de Sioux City