In a few days, we will celebrate the feast of St. Joseph, one of the patron saints of the Diocese of Sioux City. We celebrate his feast as a solemnity, which means that the rigors of Lent are suspended so that we can celebrate this great saint with joy. We don’t go so far as to reintroduce the Alleluia to our Gospel Acclamation, but we do sing the Gloria and can suspend all of our Lenten sacrifices.
I used to tell my parishioners that it is a great day to enjoy a donut, or ice cream, or whatever they might have given up as a reminder of the good things God has in store for those who place their faith in him and in celebration of this great saint who placed his trust in God and allowed God to lead him by the voice of an angel in his dreams in order that he might care for and protect the child Jesus and his blessed mother, Mary.
I recently asked a friend who has a great devotion to Saint Joseph what she wished everyone knew about St. Joseph. Her response surprised me. I expected her to speak about Joseph’s quiet strength, or his honesty and integrity as a just man. But she said that what stands out most for her is St. Joseph’s compassion for the dying.
She noted that while the Scriptures remain silent on the fate of Joseph once Jesus is found in the temple at the age of twelve, popular piety from time immemorial tells us that St. Joseph died in the arms of Mary and Jesus himself. And as he experienced their love and compassion at the time of his own death, so he devotes himself in heaven to sharing that same love and compassion with others who are dying.
And so, St. Joseph is known as the patron saint of a happy death—not happy in terms of gladness or joy but rather happiness in knowing peace because Jesus Christ is the Firstborn of the Dead and that he promises to share the fullness of life with those who place their faith in him.
As the Catechism of the Catholic Church reminds us, “The church encourages us to prepare ourselves for the hour of our death. In the litany of saints, for instance, the church has us pray: ‘From a sudden and unforeseen death, deliver us, O Lord’; to ask the Mother of God to intercede for us ‘at the hour of our death’ in the Hail Mary; and to entrust ourselves to St. Joseph, the patron of a happy death.” (CCC #1014).
In asking Joseph, then, to come to the aid of those who are dying, we are asking him to intercede for them, that they might be comforted with the hope of believing in Christ’s resurrection from the dead and knowing that they are loved by God, and that they might seek the fullness of the church’s sacramental life as they approach their final moments.
My friend pointed out to me that he who put all personal gain aside in order to care for Mary and Jesus when they were most vulnerable do as much for those who call upon him in their most vulnerable moments, as they face eternity.
St. Joseph, Pray for us!
Obispo sobre el mes de San José 13 de marzo de 2026 En unos días celebraremos la fiesta de San José, uno de los santos patronos de la Diócesis de Sioux City. Celebramos su fiesta como solemnidad, lo que significa que se suspenden las exigencias de la Cuaresma para que podamos celebrar con alegría a este gran santo. No llegamos al extremo de reintroducir el Aleluya en nuestra aclamación del Evangelio, pero sí cantamos el Gloria y podemos suspender todos nuestros sacrificios cuaresmales.
Solía decirles a mis feligreses que era un gran día para disfrutar de una dona, un helado o cualquier otra cosa a lo que hubieran sacrificado, como recuerdo de las cosas buenas que Dios tiene reservadas para aquellos que depositan su fe en él y en celebración de este gran santo que puso su confianza en Dios y permitió que Dios lo guiara a través de la voz de un ángel en sus sueños para que pudiera cuidar y proteger al niño Jesús y a su Santísima Madre, María.
Hace poco le pregunté a una amiga muy devota de San José qué le gustaría que todo el mundo supiera sobre él. Su respuesta me sorprendió. Esperaba que hablara de la fuerza tranquila de José, o de su honestidad e integridad como hombre justo. Pero ella dijo que lo que más le llamaba la atención era la compasión de San José por los moribundos.
Indicó que, aunque las Escrituras no mencionan el destino de José una vez que Jesús fue encontrado en el Templo a la edad de doce años, la piedad popular desde tiempos inmemoriales nos dice que San José murió en los brazos de María y del mismo Jesús. Y, al haber experimentado su amor y compasión en el momento de su propia muerte, se entrega en el cielo a compartir ese mismo amor y compasión con otros que están muriendo.
Por eso, San José es conocido como el santo patrón de la muerte feliz, no feliz en términos de alegría o felicidad, sino más bien feliz por conocer la paz, porque Jesucristo es el Primogénito de entre los muertos y promete compartir la plenitud de la vida con aquellos que depositan su fe en él.
Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, “La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte. En la letanía de los santos, por ejemplo, la Iglesia nos hace orar: ‘De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor’, a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte’ en el Ave María; y a encomendarnos a San José, patrono de la buena muerte.” (CIC #1014).
Al pedirle a José que ayude a los moribundos, le estamos pidiendo que interceda por ellos, para que puedan encontrar consuelo en la esperanza de creer en la resurrección de Cristo de entre los muertos y saber que son amados por Dios, y para que puedan buscar la plenitud de la vida sacramental de la Iglesia al acercarse a sus últimos momentos.
Mi amiga me señaló que él, que dejó a un lado todo beneficio personal para cuidar de María y Jesús cuando eran más vulnerables, hace lo mismo por aquellos que lo invocan en sus momentos más vulnerables, cuando se enfrentan a la eternidad.