Happy new year! That is to say, happy new liturgical year. You will see this weekend that the Advent wreath is up at church and we will have shifted over to purple cloths and vestments.
Visually, the beginning of Advent is relatively obvious. During the celebration of Mass, we have no doubt also noticed the absence of the Gloria being sung, which is always omitted during the penitential seasons of Advent and Lent. The prayers of the Mass also take on the distinct themes of hopeful anticipation, salvation from our sins, healing and peace.
Perhaps one of the less obvious changes as we embark upon the new liturgical year is the change in the lectionary cycle. We just finished lectionary Year C and have rounded back to Year A again – but what does this all mean?
Prior to the Second Vatican Council, the lectionary cycle was fixed. Therefore, the same readings would be used for Sunday Masses each year. Even many weekday Masses would repeat the Sunday readings or draw upon the same limited collection of readings. This is not to say that the Mass prior to the conciliar reforms did not utilize Scripture – it did so in various places, such as in the short lines of Scripture assigned to the entrance, offertory, and Communion in the Mass.
These are called “proper antiphons” because they change week to week. This was and currently is also the case with the alleluia verse and the short line of Scripture nestled between the epistle and Gospel, called the “gradual” – a component of the Mass that would eventually be replaced by what we now know as the responsorial psalm.
Nonetheless, the Second Vatican Council demanded an even greater use of sacred Scripture in the liturgy. The Constitution on the Sacred Liturgy (Sacrosanctum Concilium) was and remains to be the most influential force on shaping the sacred liturgy.
Promulgated by Pope St. Paul VI on Dec. 4, 1963, this document called for an increased use of Scripture in the liturgy in no uncertain terms: “In sacred celebrations there is to be more reading from holy Scripture, and it is to be more varied and suitable” (SC 35).
The current three-year lectionary cycle grew out of an even more specific initiative suggested by the Constitution on the Sacred Liturgy: “The treasures of the Bible are to be opened up more lavishly, so that richer fare may be provided for the faithful at the table of God’s word. In this way, a more representative portion of the holy Scriptures will be read to the people in the course of a prescribed number of years” (SC 51).
Pope Paul VI, who greatly loved sacred Scripture, was intent on increasing the use of the Bible in the Mass. He created the Council for Implementing the Constitution on the Liturgy in 1964 and tasked them with compiling a new lectionary present more of God’s word to the Catholic faithful.
Thus, we have a cycle of three years: Year A with the Gospel of St. Matthew, Year B with the Gospel of St. Mark, and Year C with the Gospel of St. Luke. The Gospel of St. John, since it is distinctly different from the three synoptic Gospels, is read during Holy Week, the Easter season, on particular feast days, and during the “Bread of Life Discourse” during Year B.
As for the weekdays, there is a cycle of two years – Year I in odd years and Year II in even years. Over the full course of these lectionary cycles, 14% of the Old Testament is read (not counting the psalms), 90% of the Gospels are read, and 55% of the non-Gospel New Testament is read. This is a significant increase from the pre-conciliar readings which utilized 1% of the Old Testament (not counting the psalms), 21% of the Gospels, and 11% of the non-Gospel New Testament.
Overall, the three-year lectionary cycle has been one of the most crowning achievements of the liturgical reform and it reminds us of the definitive teaching that all sacred Scripture is divinely inspired. Scripture was originally utilized in the context of ritual worship, Jewish and Christian, and was only later compiled into one book which we call the Bible.
It is therefore important to remember that the celebration of the liturgy is the first and true home of sacred Scripture. As St. Jerome once asserted, “Ignorance of Scripture is ignorance of Christ.” As we begin this new liturgical year, let us listen with attentive ear and heart to the riches of God’s word.
Reprinted from the Dec.1, 2022 edition of The Lumen.
Adviento y el ciclo leccionario de tres años Por: Padre Andrew Galles Director de Alabanza
¡Feliz Año Nuevo! Es decir, feliz año nuevo litúrgico. Este fin de semana encontrarán la corona de Adviento colocada en la iglesia y las telas y vestiduras litúrgicas ya habrán sido cambiadas al color morado.
Visualmente, el comienzo del Adviento es relativamente evidente. Durante la celebración de la Misa, sin duda hemos notado la ausencia del canto del Gloria, que se omite siempre durante los tiempos penitenciales del Adviento y la Cuaresma. Las oraciones de la Misa adoptan temas de anticipada esperanza, salvación de nuestros pecados, sanación y paz. Tal vez uno de los cambios menos notorios al embarcarnos en este nuevo año litúrgico es el cambio en el ciclo leccionario. Acabamos de terminar el leccionario del año C y estamos de regreso en el año A- ¿qué significa esto?
Antes del Concilio Vaticano Segundo, el ciclo leccionario era fijo. Por lo tanto, las mismas lecturas dominicales se usaban cada domingo cada año. Incluso algunas Misas entre semana repetían la lectura dominical o recurrían a la misma colección limitada de lecturas. Esto no quiere decir que la Misa antes de la reforma conciliar no utilizaba las Escrituras — lo hacían en varios lugares, como en las líneas cortas de Escrituras que se asignaban a la entrada, ofertorio y Comunión en la Misa.
Estas se llaman “antífonas propias” porque cambian cada semana. Este también era, y actualmente es, el caso con los versos del aleluya y las líneas cortas de la Escritura situados entre la epístola y el Evangelio, llamadas “gradual”- un componente de la Misa que eventualmente será remplazado por lo que ahora conocemos como el salmo responsorial. Sin embargo, el Vaticano Segundo pidió un uso mucho más amplio de la Sagrada Escritura en la liturgia. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia (Sacrosanctum Concilium) era, y se mantiene siendo, la fuerza más influente en la formación de la Sagrada Liturgia.
Promulgado por el Papa San Pablo VI el 4 de diciembre de 1963, este documento pedía un incremento en el uso de las Escrituras en la liturgia en términos incuestionables: “En las celebraciones sagradas debe de haber más lecturas de la Sagrada Escritura, y deben estar más variadas y adecuada” (SC 35).
El actual ciclo leccionario de tres años creció por una iniciación más específica sugerida por la Constitución sobre la Sagrada Liturgia: “Los tesoros de la Biblia deben abrirse con mayor amplitud, de modo que se prepare a los fieles una mesa más abundante de la palabra de Dios. Así dentro de un número determinado de años, se leerá al pueblo una parte más representativa de la Sagrada Escritura” (SC51).
El Papa Pablo VI, quien amaba la Sagrada Escritura, intencionalmente incrementó el uso de la Biblia en la Misa. Él creó el Concilio para la Implementación de la Constitución sobre la Liturgia en 1964 y les encomendó la tarea de recopilar un nuevo leccionario con más de la palabra de Dios para los fieles católicos.
Por eso, tenemos un ciclo de tres años: Año A con el Evangelio de San Mateo, Año B con el Evangelio de San Marcos, y Año C con el Evangelio de San Lucas. El Evangelio de San Juan, el cual es distintivamente diferente a los tres Evangelios sinópticos, se lee durante la Semana Santa, Pascua, en fiestas particulares, y durante el “Discurso de Vida” en el Año B.
En cuanto a los días de la semana, hay un ciclo de dos años - Año I en años impares y Año II en años pares. Durante el transcurso en los ciclos leccionarios, se proclama aproximadamente el 14% del Antiguo Testamento (no contando los salmos), el 90% de los Evangelios, y el 55% del Nuevo Testamento, excluyendo los Evangelios. Este es un incremento significativo de las lecturas preconciliares que utilizaban un 1% del Antiguo Testamento (no contando los salmos), 21% de los Evangelios, y 11% del Nuevo Testamento excluyendo los Evangelios.
En general, el ciclo leccionario de tres años ha sido uno de los grandes logros de la reforma liturgia y nos recuerda la enseñanza definitiva de que toda la Sagrada Escritura es divinamente inspirada. La Escritura fue originalmente utilizada en contextos de culto de judíos y cristianos, y más tarde recopilada en un solo libro llamado Biblia.
Por eso es importante recordar que la liturgia es el primer y verdadero hogar de la Sagrada Escritura. Como afirmó una vez San Jerónimo: “Ignorancia de la Escritura es ignorar a Cristo.” Al comenzar este nuevo año litúrgico, permitámonos escuchar con oídos y corazón atentos a la riqueza de la palabra de Dios. Reimpreso de la edición del 1 de diciembre, 2022 de The Lumen.